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Montserrat Iglesias-Lucía Directora Escuela de Prevención y Seguridad Integral (EPSI-UAB)

¿Seremos sustituidos por la inteligencia artificial?

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La irrupción de la inteligencia artificial (IA) en el ámbito de la seguridad ha abierto un debate inevitable: ¿podrán las máquinas sustituir a las personas?

Sistemas predictivos, análisis masivo de datos, reconocimiento de patrones o videovigilancia inteligente ya forman parte de nuestro día a día. Sin embargo, reducir la gestión de la seguridad a un problema exclusivamente tecnológico supone ignorar un factor clave: la dimensión humana.

La IA es extraordinaria procesando grandes volúmenes de información, analizándolos e incluso anticipando escenarios de riesgo a partir de datos históricos. Su aportación es indiscutible a la toma de decisiones. No obstante, la seguridad no es solo cálculo ni automatización: es una disciplina profundamente ligada a la gestión de personas, a la interpretación del contexto y a la toma de decisiones en escenarios de incertidumbre. En este terreno, las denominadas soft skills —o cualidades humanas— siguen siendo insustituibles.

El pensamiento crítico ocupa un lugar central. Un profesional de la seguridad debe ser capaz de cuestionar el resultado de un algoritmo, valorar matices, interpretar comportamientos ambiguos y decidir cuándo una alerta es pertinente o cuándo puede generar efectos indeseados.

A ello se suma la ética y la responsabilidad. Las decisiones en seguridad impactan directamente en derechos fundamentales, en la dignidad de las personas y en la legitimidad de las organizaciones. La delegación acrítica de decisiones en sistemas automatizados plantea riesgos evidentes: sesgos algorítmicos, discriminación, errores sistémicos o ausencia de rendición de cuentas. La responsabilidad última no puede recaer en una máquina, sino en profesionales capacitados.

El liderazgo es otra competencia clave. Gestionar la seguridad implica coordinar equipos multidisciplinares, comunicar riesgos, generar cultura preventiva y sostener la cohesión organizativa, especialmente en situaciones de crisis. En estos contextos, el liderazgo humano sigue siendo determinante para la eficacia y la resiliencia de las organizaciones.

Finalmente, la empatía adquiere un valor estratégico en entornos especialmente sensibles o en atención a víctimas. La capacidad de comprender reacciones humanas, desescalar conflictos y adaptar la intervención a cada situación concreta no puede ser replicada por ningún sistema automatizado.

La cuestión, por tanto, no es si la IA sustituirá a las personas, sino cómo integrarla de forma inteligente, ética y responsable. La seguridad del futuro no será humana o artificial, sino híbrida. La tecnología ampliará nuestras capacidades, pero serán las cualidades humanas las que sigan marcando la diferencia.

Quizá por ello, las tradicionales soft skills se empiezan a denominar power skills.

No se trata de un simple cambio terminológico, sino del reconocimiento de que las cualidades humanas son, más que nunca, un activo estratégico en la gestión de la seguridad en la era de la inteligencia artificial.