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Luis Salgado Cabrero Fundacion Laboral de la Construcción Fundacion Laboral de la Construcción

Resiliencia: la habilidad invisible del técnico de PRL

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En el artículo que escribí junto a Marta Silvero Miramón, publicado en la revista del INSST (Seguridad y Salud en el Trabajo, n.º 113, diciembre de 2022) —puede consultarse aquí— analizábamos las soft skills más valoradas por los técnicos de prevención de riesgos laborales.

En nuestro perfil teórico aparecía la resiliencia como una de las soft skills clave para el desempeño preventivo. Sin embargo, los resultados del estudio mostraron que no figuraba entre las diez habilidades más elegidas. Un dato que invita a reflexionar si, con los cambios que se están viviendo en el sector de la prevención a través de la digitalización, el uso de la inteligencia artificial, nuevos modelos de trabajo y riesgos emergentes, no pasaría ahora a ser una de esas diez habilidades esenciales.

En mi mente, definiría la resiliencia en la figura del técnico de prevención como la capacidad de mantener el equilibrio entre la exigencia técnica y la realidad humana del trabajo. Implica seguir actuando con criterio, serenidad y compromiso, incluso cuando las circunstancias cambian, los recursos escasean o las decisiones se vuelven inciertas.

Y es que en la práctica, el técnico de PRL debe moverse entre dos dimensiones:

  • La organizacional, que exige resultados, cumplimiento normativo y adaptación a nuevas tecnologías, riesgos emergentes y contextos reguladores cambiantes.
  • La humana, que implica gestionar resistencias, comunicar con empatía, acompañar procesos difíciles y cuidar también de su propio bienestar emocional.

La resiliencia sería esa habilidad que permite reponerse, adaptarse y aprender sin perder de vista el propósito fundamental de la prevención: proteger a las personas. Es, en definitiva, la habilidad blanda —para mí casi un superpoder— que permite a la figura del técnico levantarse una y otra vez ante las adversidades y seguir adelante, sosteniendo la vocación preventiva incluso cuando el contexto pone a prueba su fortaleza profesional y, sobre todo, personal.

5 formas de fortalecer tu resiliencia como técnico de PRL

Aceptar que el cambio forma parte del trabajo preventivo

En prevención, nada permanece estable demasiado tiempo: la normativa evoluciona, los riesgos emergen, los modelos de trabajo cambian y las organizaciones se transforman. La resiliencia empieza cuando el técnico deja de resistirse al cambio y empieza a entenderlo como parte natural del proceso preventivo.

Aceptar el cambio no significa conformarse, sino adaptarse sin perder el propósito. Es aprender a leer los contextos, anticiparse a los impactos y reajustar las estrategias sin caer en la frustración.

Parar no es perder tiempo: es ganar claridad.

La prevención exige ritmo, respuesta y acción constante. Pero el exceso de urgencia puede hacer que el técnico pierda perspectiva y termine reaccionando sin reflexionar.

La resiliencia se fortalece cuando aprendemos a hacer pausas conscientes para analizar lo vivido, intentar identificar un posible aprendizaje y ajustar el rumbo. A veces, diez minutos de reflexión valen más que una jornada entera de actividad ininterrumpida.

Aprende de los errores

En prevención, tendemos a asociar el error con el fallo, pero el error también forma parte del conocimiento. No hay avance técnico sin contraste, sin ensayo y sin ajuste. Cada vez que algo no sale como se esperaba, el profesional tiene la oportunidad de analizar, comprender y mejorar el sistema.

Enfrentarse al error no desde la culpa, sino desde la curiosidad profesional, convierte la experiencia en aprendizaje. Es entender que la práctica preventiva tiene un componente experimental, donde cada resultado —acierto o desviación— aporta información para hacer las cosas mejor la próxima vez.

Cuida tu red de apoyo profesional.

La resiliencia no se construye en grupo, pero puede alimentarse de las experiencias de los demás. Cada uno debe levantarse por sí mismo, pero contar con una red de profesionales que comparten vivencias, dudas y aprendizajes puede marcar la diferencia entre rendirse y volver a intentarlo.

Escuchar cómo otros técnicos superaron situaciones parecidas, leer experiencias que hoy te parecen lejanas pero que mañana podrías vivir tú mismo, o simplemente compartir una conversación sincera sobre las dificultades del trabajo preventivo, ayuda a normalizar el error y recuperar la perspectiva.

La botella está medio llena, no medio vacía

La resiliencia también es una cuestión de perspectiva. Ante un problema, un cambio o una dificultad, el técnico puede elegir dónde poner el foco: en lo que falta o en lo que todavía puede hacerse. La diferencia entre ambos enfoques define no solo el resultado, sino también el desgaste emocional con el que se llega a él.

Una forma sencilla de entrenar esta mirada es practicar el reencuadre positivo: preguntarse qué se puede aprender, qué oportunidad hay detrás del error o qué ha funcionado bien en medio del problema. La resiliencia se cultiva precisamente ahí, en la decisión consciente de mirar el trabajo con esperanza y propósito.

Por desgracia, la resiliencia no se enseña en los másteres ni aparece en los procedimientos, pero es la soft skills que nos ayuda en la práctica diaria de nuestra profesión. Los 5 tips son, en realidad, cinco formas de entrenar ese músculo invisible que permite al técnico seguir en pie cuando el contexto le hace tambalear.

Ser resiliente no significa sólo volverse a levantar, sino seguir aprendiendo mientras se avanza. Y quizá ese sea el mayor valor del técnico de prevención: saber levantarse, una y otra vez, con más conocimiento, más equilibrio y el mismo propósito de siempre —proteger la vida y mejorar el trabajo de los demás.