Desde ITURRI, compañía líder en seguridad en Europa, con más de 450 M€ de facturación, presencia en 11 países y millones de usuarios que confían cada día en nuestras soluciones, hace años que trabajamos por una visión para la protección en altura: liderar la conversación desde la solución, no desde el equipo aislado.
- Contamos con un equipo especializado en protección en altura con más de 20 años de experiencia, presente en el terreno y con cobertura a todo el territorio nacional.
- Abordamos proyectos llave en mano, con capacidad de diseños a medida y trabajo con clientes de todos los sectores, incluidos los más exigentes (energéticas, refinerías e industria pesada). Nuestros técnicos están formados en los estándares más reconocidos del sector, como ANETVA, IRATA y GWO, lo que nos permite aportar criterio, consistencia y rigor en entornos críticos.
- Entendemos la seguridad en altura como un sistema completo: desde la evaluación inicial hasta el soporte posterior. Nuestro enfoque integra protección colectiva e individual con criterio técnico, implantación, formación, revisión y acompañamiento.
Y esta propuesta surge como respuesta a un cambio de la realidad del mercado que durante años planteaba la prevención en trabajos en altura como una suma de piezas: por un lado, la protección colectiva, por otro, el EPI; después, la formación; y, en un segundo plano, el rescate y el mantenimiento. Sin embargo, la experiencia en campo demuestra que este enfoque fragmentado falla donde más importa: en la operativa real, bajo presión, con múltiples intervinientes y en entornos cambiantes. Hoy, la seguridad en altura necesita una visión más completa: pasar del producto a la solución integral.
4 claves para entender este concepto
Proteger mejor empieza por elegir bien la estrategia.
Cada trabajo en altura tiene exigencias específicas: no es lo mismo una intervención puntual en cubierta que un mantenimiento recurrente en estructura, una fachada con accesos complejos o una parada de planta en un entorno industrial. Por eso, la solución no debería empezar por el catálogo de productos, sino por una evaluación rigurosa del riesgo y del modo real en que se desarrollará el trabajo.
En ese análisis, las barandillas siguen siendo, cuando técnicamente es posible, la primera opción: actúan en el origen del riesgo, reducen la exposición del trabajador y no dependen de una acción constante del usuario. Barandillas, líneas de vida rígidas, puntos de anclaje y sistemas de acceso bien diseñados elevan el nivel preventivo de forma robusta y visible.
Ahora bien, la realidad operativa también es clara: hay escenarios donde la protección colectiva no cubre el 100% de las necesidades, y ahí entra el EPI como parte imprescindible del sistema. La diferencia entre “cubrir el expediente” y proteger de verdad está en la combinación inteligente de medidas colectivas e individuales, diseñadas para trabajar juntas, sin contradicciones, y orientadas al uso real.
Ergonomía, usabilidad e innovación útil.
Un equipo puede ser excelente en ficha técnica y fallar en campo si no es cómodo, intuitivo o adecuado para la tarea. La ergonomía y la usabilidad han dejado de ser “extras” para convertirse en condiciones de éxito: un sistema seguro también debe ser operativo.
En este contexto, ganan importancia los equipos y soluciones que, además de detener una caída, mejoran lo que ocurre después: la posición, la tolerancia física y la capacidad de esperar la intervención sin agravar el riesgo. El caso del Chair in the Air es especialmente representativo de esta tendencia. Su planteamiento responde a una necesidad muy concreta: no limitarse a detener la caída, sino mejorar la posición del usuario una vez suspendido, reduciendo la carga sobre el cuerpo y favoreciendo una situación más tolerable hasta la intervención.
El sistema no termina en el equipo: empieza en el diseño y se sostiene con servicio.
Una implantación correcta no se mide solo por el material suministrado. En proyectos de altura, la diferencia entre “tener equipos” y “tener seguridad” la marca todo lo que acompaña: análisis y definición técnica previa; instalación e implantación en condiciones reales; formación adaptada al entorno y al procedimiento; planificación de rescate; inspección periódica, trazabilidad y mantenimiento; y soporte posterior y mejora continua.
Por eso, cada vez más organizaciones buscan un socio que no sea solo proveedor, sino un interlocutor técnico capaz de diseñar, implantar y acompañar durante el ciclo de vida de la solución. El objetivo es convertir la prevención en un sistema coherente, mantenible y auditable.
Formación, revisión y rescate: los pilares menos visibles (y más decisivos).
En altura, la formación no puede ser un trámite. Es lo que convierte un sistema en una práctica segura: el usuario debe saber conectar, progresar, posicionarse, identificar límites del sistema y actuar ante imprevistos.
A ello se suma la revisión periódica y la trazabilidad: la seguridad no descansa en la confianza, sino en procesos de inspección, control y seguimiento técnico y en un plan de rescate realista. Detener una caída no resuelve la emergencia: hay que prever qué ocurre después y cómo se actúa para asistir a la persona de forma rápida y segura.
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