Seguridad laboral: ¿Por qué la ropa de trabajo sigue pensada para hombres?

Gertrudis Bujalance

En pleno 2025, el equipamiento de protección laboral sigue perpetuando una brecha de género invisible pero peligrosa. Mientras un 47% de la fuerza laboral global son mujeres, la ropa de seguridad sigue diseñándose con un estándar masculino que compromete tanto la comodidad como la integridad física de las trabajadoras.

La seguridad laboral inclusiva es una inversión, no un gasto. Cuando la ropa de protección encaja con el cuerpo del trabajador, la productividad aumenta y los accidentes disminuyen. Es hora de que el sector de la seguridad laboral reconozca que proteger a todos los trabajadores no es un favor, sino una obligación técnica y ética. La seguridad no tiene género y los diseños del vestuario de trabajo tampoco deberían tenerlo.

La anatomía del problema

La ropa de seguridad tradicional —cascos, chalecos reflectantes, botas y arneses— se diseña sobre prototipos con tallas y morfología masculinas. Cuando las mujeres trabajadoras utilizan estos equipos, afrontan riesgos y problemas sistémicos: arneses anticaída que presionan el pecho, botas que no ajustan al tobillo más estrecho, cascos que resbalan sobre cabezas de menor tamaño y pantalones con la entrepierna mal posicionada que dificultan el movimiento.

No es una cuestión estética, sino de seguridad laboral. Un arnés mal ajustado puede fallar en una emergencia. Un calzado inestable aumenta el riesgo de caídas. Los chalecos holgados se enganchan en la maquinaria. En definitiva, la seguridad se convierte en un privilegio de género cuando el diseño universal resulta excluyente.

Los números que duelen

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), las mujeres sufren accidentes laborales con mayor gravedad en sectores donde el equipamiento es inadecuado. En construcción, minería y manufactura, un alto número de trabajadoras sufren fatiga muscular crónica debida a posturas forzadas y dermatitis por contacto con materiales no testados en piel femenina. La falta de bolsillos funcionales obliga a depender de compañeros para las herramientas básicas, generando vulnerabilidades añadidas.

¿Por qué persiste el desequilibrio?

El sector de la ropa laboral argumenta que las tallas pequeñas «ya cubren el mercado femenino», ignorando que la antropometría difiere en proporciones, no solo en escala. Además, los presupuestos de seguridad priorizan volumen sobre diversidad, y los comités de compra siguen mayoritariamente masculinizados. El resultado: equipamiento que «sirve» pero no protege equitativamente.

Hacia un estándar verdaderamente universal

El diseño inclusivo no exige crear líneas de vestuario laboral separadas por género, sino adoptar una arquitectura modular: arneses con correas ajustables en múltiples puntos, cascos personalizables para diferentes formas y tamaños craneales, calzado con hormas variadas y tejidos elásticos que se adapten a caderas y cinturas diversas. Las empresas pioneras ya usan tecnologías de escaneado 3D para crear bases de datos antropométricas mixtas.

La normativa debe evolucionar. Las certificaciones ISO deberían exigir pruebas para cuerpos diversos, no solo en el percentil 50 masculino. Y las empresas deben someterse a auditorías de género en sus protocolos de equipamiento.